ANTONIO ALVEAR OLEA

12 de junio de 1955 - 3 de junio de 2020
Ciudad Altamirano, Guerrero, México

Por: Ketzalli Rosas

(México, 1988)

A las 5 de la mañana Antonio Alvear ya estaba levantando, barriendo la calle, dando instrucciones. Nunca se estaba quieto. Le gustaba la vida del periodismo, porque —decía— era libre, podía andar por todos lados, preguntando. Su quehacer periodístico lo llevó a conocer a mucha gente y a viajar mucho; conocía con precisión todo el estado de Guerrero, principalmente la Tierra Caliente en la que vivió.

Antonio, uno de los 8 hijos del matrimonio formado por Doña María Dolores Olea “Lola” y Magdaleno Alvear Celis, “Leno”, nació en Santa Teresa, en el municipio de Coyuca de Catalán. Toño, como lo llamaban, siempre quiso ser piloto aviador, incluso presentó su examen de admisión en la Escuela Militar de Aviación. No fue aceptado. Así que viró el rumbo y llegó a la Ciudad de México para estudiar el bachillerato y luego la carrera en Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Trabajó para diarios como El Nacional y La Jornada.

Quienes lo conocieron como jefe de redacción dicen que tenía el don de la enseñanza, que era pulcro en la escritura y tenía mirada fina para la crónica. Decía que para poder escribir se debía encontrar el momento más cómodo, sin presiones ni tensiones; incluso llegaba en sandalias a la redacción como ejemplo de la comodidad para escribir. Él escribía diario.

A Alvear siempre le interesó la política y fue crítico sobre la realidad del país. Llegó a experimentar censura y a recibir amenazas telefónicas. Eso no lo frenó. En su afán de estar actualizado, lanzó Corto Digital en sus redes sociales para hacer crítica política.

Los últimos 20 años de su vida los dedicó a escribir columnas de opinión; la última se publicó en El Despertar del Sur el 1 de junio de 2020. También trabajó en comunicación social, campañas políticas y en la radio. Era una persona querida y conocida en su estado.

Antonio media 1.70 de altura, pesaba cerca de 90 kilos y por sus ojos verdes algunos de sus colegas lo llamaban de broma “Luz clarita”.

En los tiempos recientes compaginaba el comercio y el periodismo con el campo que tanto amaba. Cada tres días visitaba su casita a las afueras de Ciudad Altamirano para regar sus plantas, podar su árbol de limones y cuidar la milpa de maíz que tenía en el pequeño patio.

Durante la pandemia de covid-19, Antonio no salió de su casa por su quehacer periodístico, pero sí por la tortillería que administraba junto a su esposa Nidia, a quien conoció en la Ciudad de México y con quien tuvo tres hijos: Antonio, Roberto y Fátima.

La familia de Antonio no sabe cómo pudo contagiarse del virus. Cuando presentó síntomas, a mediados de mayo, le hicieron la prueba, lo llevaron al hospital y ahí les recomendaron que estuviera en casa para estar mejor atendido. Desde entonces su familia y un tanque de oxígeno no se le separaron.

El resultado positivo a covid-19 llegó tres semanas después. Antonio ya había muerto en una ambulancia en la puerta del hospital, esperando que lo atendieran. Nueve días después hubiera cumplido 65 años.

La familia de Antonio apenas pudo despedirlo. No hubo velorio y lo sepultaron el mismo 3 de junio, fecha que quedó registrada en su obituario.

El Sindicato de Redactores de la Prensa, colegas y amigos, lograron que el gobierno estatal atendiera sus demandas para mejorar las deficiencias en el Hospital Regional donde no atendieron a Antonio.

Ahora, su familia añora un futuro cercano para hacer un evento con compañeros y amigos para recordarlo y despedirlo como se merecía.

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Este perfil fue construido con los testimonios de Antonio Alvear Cuevas, hijo mayor, e Israel Flores, amigo y colega. 

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