Pedro Fernández

PEDRO ANTONIO SECUNDINO RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ “PEDRITO FERNÁNDEZ”

28 de julio de 1954 - 26 de marzo de 2020
Santiago, República Dominicana

Por: Laura Rodríguez

(República Dominicana, 1991)

Pedro Fernández (65 años) fue uno de esos periodistas legendarios que nacieron para el oficio. Su trayectoria de más de 40 años atestigua de un periodista aguerrido y sin pelos en la lengua a la hora de contar verdades. Fue un gremialista, genio y figura de la “vieja guardia”, que llevaba estampadas la integridad y la rectitud; el traje y la corbata impecables.

Su presencia en la sala de redacción cortaba en el aire bromas, chanzas y risas por la seriedad con que tomaba la profesión y el respeto que inspiraba. Así lo recuerda Vladimir Paula, discípulo suyo, quien aprendió de él la audacia y agilidad para reportear: “Era impresionante ver a Pedro Fernández escribir… la pluma más ágil que tenía este pueblo”, dice.

El pueblo es San Francisco de Macorís, donde su gallardía le granjeó enemigos. Por denunciar el narcotráfico, el sicariato puso precio a su cabeza. Pero ni un atentado a tiros (al que sobrevivió de milagro), ni la intimidación, ni un derrame cerebral, pudieron impedirle hacer aquello que amaba y defendía con todas sus fuerzas: el periodismo.

El 11 de marzo, Pedro empezó con síntomas y molestias. Le recetaron medicamentos para la gripe. Casado con la también periodista Rosalina Martínez por 32 años, ella recuerda la última vez que lo vio el 20 de ese mes. Pedro iba musitando una oración —como hacía cada noche— sentado en una silla de ruedas rumbo a cuidados intensivos. La despedida fue un beso y la promesa de que su amor vencería cualquier virus, viniese de donde viniese.

Luego de un enorme viacrucis para conseguir las pruebas, tanto Rosalina como el hijo de ambos, Ricky, resultaron positivos al coronavirus.

Hoy, a casi tres meses de su partida, Rosalina, quien lucha contra un cáncer de mama en grado 3, aún no puede visitar la tumba de aquél que siempre sabía todo lo que ella “quería y todo lo que necesitaba”. Allí, en el Panteón de los Periodistas del Cementerio de Getsemaní descansan los restos del periodista que “nunca tuvo miedo”.

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Este perfil fue construido con ayuda de los testimonios de Rosalina Martínez, viuda de don Pedrito Fernández y Vladimir Paula, amigo y colega.

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Moisés Márquez Villegas

Moises Marquez

Moisés Márquez Villegas

15 de septiembre de 1967 - 7 de mayo de 2020
Tijuana, Baja California, México

Por: Florencia Luján

(Argentina, 1992)

“A ver, ¿quién tiene carnita?”, preguntaba Moisés Márquez Villegas, director editorial del periódico Infobaja, esbozando una sonrisa y posando sus manos grandes sobre una libreta, cada vez que reunía a sus colegas para debatir los contenidos que se iban a publicar. Era su frase favorita y la forma que tenía para pedir que se investiguen todos los ángulos de una noticia, que se vaya hasta el hueso de un tema tal como lo hacía él, un lector insaciable y gran contador de historias, siempre comprometido y fiel a su labor periodística.

Moisés Márquez Villegas desde 1990 se desempeñó como periodista, pese a estudiar la carrera de Técnico Profesional en Acuicultura en la Facultad de Ciencias Marinas en la ciudad de Empalme, ubicada en el estado de Sonora en México, de donde era oriundo. Sus temas favoritos para trabajar eran política y economía. Luis Fernando Vázquez Bayod, Director de Infobaja y amigo, cuenta que Moisés tenía un sexto sentido para leer entre líneas temas de política: “Era un excelente columnista”, dice.

A Moisés no le gustaba permanecer en la oficina, siempre estaba en la calle con su libreta, cercano a alguna fuente de información, al menos así lo muestran once imágenes de archivo que ilustran el ejemplar número 546 de InfoBaja, que homenajea su trayectoria periodística. Siempre en la trinchera y echado para adelante. En plena pandemia realizó una serie de entrevistas vía Zoom con médicos y médicas especialistas y personas que habían superado el covid-19 en la zona de Baja California.

Entre las personas entrevistadas estaba el Dr. Clemente Zúñiga, quien atendió personalmente a Moisés Márquez Villegas desde que ingresó con síntomas al Hospital General de Tijuana el 21 de abril, hasta el jueves 7 de mayo a las 8.30 a.m que falleció.

Además de su mujer e hijo, dejó en el trabajo un hoyo tremendo y numerosos proyectos, comenta Luis Fernando Bayod, quien veló por su amigo junto a su familia durante 16 días en los que nunca imaginó que Moisés iba a morir.

Un apasionado por la noticia, de esos que trabajan 24 horas los siete días de la semana, siempre despuntando el vicio de querer más “carnita informativa”.

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Este perfil fue construido con el testimonio de Luis Fernando Vázquez Bayod, colega y amigo. 

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Alejandro Cedillo Cano

ALEJANDRO CEDILLO CANO

27 de marzo de 1980 - 28 de abril de 2020
Ciudad de México, México

Por: Flavia Fiorio

(Argentina, 1993)

Alejandro Cedillo Cano era, ante todo, un apasionado. Quienes compartieron con él una sala de redacción, un paseo por su Iztapalapa natal, una cabalgata, un partido del América lo saben: Alejandro era un apasionado.

Un hombre que no necesitó tatuajes en su cuerpo llenito, en sus brazos marcados, en su piel morena para contarle al mundo qué lo representaba. Bastaba estar con él pocos segundos para escucharlo hablar, con entusiasmo, de su familia, Iztapalapa, sus caballos, su equipo de fútbol y el periodismo.

El amor por los caballos vino de familia: los Cedillo Cano siempre han montado. Alejandro disfrutó, hasta los últimos meses de su vida, subir al Cerro de la Estrella con quien quisiera acompañarlo. El amor por el América también: de aquel cuadro son sus tíos, sus primos, sus hermanos.

El periodismo, en cambio, fue una decisión personal y una profesión que lo acompañó durante 20 años.

Su carrera comenzó y finalizó en el diario La Crónica, a donde llegó mientras estudiaba en la escuela de periodismo Carlos Septién García. Tras un paso por la sección Deportes, fue conquistado por la sección Metrópoli, en donde cumplió el rol de coordinador con un amor por los talentos jóvenes tan grande que hizo que, hasta el día de su muerte, varios de sus apadrinados lo llamaran papá.

Impulsar jóvenes talentos era una misión muy grande para Alejandro. Otra, tan importante para él, era mostrar a su barrio en el diario. Por eso, con él como coordinador, había una cobertura que no podía faltar: la cobertura de la Pasión de Cristo, una representación popular de Iztapalapa que se hace en Semana Santa.

Este año, por la situación sanitaria, el evento se realizó a puertas cerradas pero eso no le impidió a Cedillo mostrarlo.

Aprovechando el teletrabajo, que hizo desde que comenzó la pandemia por covid-19, se juntó con su familia para ver el evento en un proyector y escribió una de sus últimas reseñas: una breve nota donde cuenta que el elenco 2020 se repetirá el próximo año.

Alejandro Cedillo Cano falleció el 28 de abril, a los 40 años, producto de covid-19 agravado por su condición de diabético.

En el 2021 en La Crónica alguien cubrirá la Pasión de Cristo, seguramente: como a él le hubiera gustado.

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Este perfil fue construido con los testimonios de Itzel Alfaro, esposa, Francisco Báez Rodríguez, director editorial del diario La Crónica y Luis Eduardo Velázquez, colega.

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Jorge Martín Díaz Guevara «Coco»

JORGE MARTÍN DÍAZ GUEVARA “COCO”

03 de noviembre de 1967 - 20 de junio de 2020
Tumbes, Perú

En unas las regiones del país con más casos de corrupción registrados, donde ejercer el periodismo es una hazaña y una necesidad, un hombre de prensa dedicó su vida a exponer y a denunciar estos actos. Jorge Díaz Guevara (52 años), conocido también como “Coco”, fue periodista, luchador social, amante de la música trova, maestro en las aulas y fuera de ellas.

Once años atrás, fundó el diario Tumbes 21 “Hecho por tumbesinos”, junto a su hermano César Díaz. Fungió como director periodístico y muchas veces editor, ya que la pureza no solo tiñó su prominente barba, sino que alcanzó a su ortografía. Prolija al escribir, Jorge relató las historias más destacadas de su región, sacó a luz la mala gestión de sus autoridades y destapó incontables casos de corrupción, sin temor a nadie más que a la injusticia.

Entre querellas y amenazas a su labor, Jorge elevó su pluma para enfrentar a los adversarios de la libertad de expresión. “En la mira” era el título de su columna en el diario y la manifestación que caracterizó su vigilia al poder.

Su transparencia, virtuosidad y sonrisa son hoy parte del recuerdo de sus seres más queridos, quienes atestiguan su inagotable lucha por el bien común. “Estoy vivo” enfatizó en su último texto publicado. Aun desde la enfermedad, no dejó de criticar y escarbar en las irregularidades, dedicando sus últimas líneas al valor de la vida y la justicia.

Las investigaciones de Jorge Díaz y su paso por la televisión, la radio y el diario forman parte de la historia de Tumbes, así como su visión del periodismo sentó las bases para el futuro de la prensa en la región.

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Este perfil fue construido con los testimonios de César Diaz, hermano, y Marlon Castillo, colega y amigo.

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Uliana Motta

ULIANA MOTTA

30 de septiembre de 1986 - 13 de mayo de 2020
Belém, Pará, Brasil

Por: Alice de Souza

(Brasil, 1991)

Febrero fue un mes intenso, lleno de trabajo para Uliana Motta, de 33 años. Después de meses, había logrado multiplicar el público participante de la fiesta y poner un “bloco de carnaval” en las calles con sus amigos por segunda vez. Después, bromeó diciendo que quería tomar unas vacaciones. Oficial de prensa de celebridades y empresas en Belém, en el estado de Pará, Uli dividía la vida de una periodista, profesión que siempre soñó, con la de emprendedora. En ambos frentes, tenía el mismo propósito: dar visibilidad a varias causas, sobre todo la de las mujeres gordas. 

El bloco de carnaval se dedicó al tema, así como a la marca de ropa que mantuvo con la ayuda de su madre, costurera, y todos los movimientos que dirigió en su ciudad natal. Uli jugaba con ser bajita, pero nunca con ser gorda. Esto fue una fuente de orgullo. Mucho orgullo. Determinada, luchó por el respeto y el aprecio a las mujeres plus size. No andaba sola en eso, tenía varias personas que la acompañaban. 

En su tiempo libre, Uli disfrutaba de reuniones casuales para tomar una cerveza con amigos y también organizar producciones de moda. Además de una vieja pasión musical, el cantante Paulo Ricardo, de quien solía ir a todos los shows y tener las canciones. Trabajando en casa desde el comienzo de la pandemia, Uli tuvo mucho cuidado. Compró mascarillas y solo salía al supermercado. No fue suficiente. En mayo empezó con fiebre, luego le faltó el aire. Fue hospitalizada pero falleció el 13 de mayo. Su partida dejó un dolor y un inmenso vacío en su familia y amigos: era la fuente de consulta para cualquier tema, incluso para decir las verdades de las que solo un amigo es capaz. Uli se fue, pero dejó un ejemplo de fortaleza. Y un legado incalculable para el movimiento de mujeres plus size de Belém.

Versión en portugués

Fevereiro foi um mês intenso para Uliana Motta, de 33 anos. Após meses de trabalho, ela conseguiu multiplicar o público participante da festa e colocar pela segunda vez um bloco de carnaval nas ruas com os amigos. Depois, brincou que queria tirar férias. Assessora de imprensa de celebridades e empresas de Belém, no Pará, Uli dividiu a vida de jornalista, profissão que sempre sonhou, com a de empresária. Em ambas as frentes, teve o mesmo propósito: dar visibilidade a várias causas, principalmente às mulheres gordas.

O bloco carnavalesco foi dedicado ao tema, assim como a grife que mantinha com a ajuda de sua mãe, uma costureira, e todos os movimentos que liderava em sua cidade natal. Uli brincava de ser baixinha, mas nunca de ser gorda. Isso era motivo de orgulho. Muito orgulho. Determinada, ela lutou por respeito e apreço por mulheres como ela. E não estava sozinha nisso, tinha várias pessoas que a acompanhavam.

Nas horas vagas, Uli aproveitava os encontros casuais para tomar uma cerveja com os amigos e também organizar produções de moda. Além disso, tinha uma antiga paixão musical, o cantor Paulo Ricardo, ia a todos os shows e tinha vários discos. Trabalhando em casa desde o início da pandemia, Uli foi muito cuidadosa. Ela comprou máscaras e só saía para ir ao supermercado. Não foi suficiente. Em maio, começou com febre e depois falta de ar. Foi hospitalizada, mas faleceu em 13 de maio. A sua partida deixou uma dor e um vazio imensos na família e nos amigos: era fonte de consulta de qualquer assunto, mesmo para contar verdades de que só um amigo é capaz. Uli se foi, mas deixou um exemplo de força e um legado incalculável para o movimento de mulheres plus size de Belém.

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Este perfil fue construido con los testimonios de Ilma Motta, madre, e Tainah Sá, amiga y colega.

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Rubén Darío Méndez Chávez

RUBÉN DARÍO MÉNDEZ CHÁVEZ

22 de julio de 1966 - 29 de mayo de 2020
Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

Por: Ana Cristina Frías

(Venezuela, 1993)

En los 1449 kilómetros que separan Pando de Riberalta, Ruben Darío Méndez Chávez (53 años) fue construyendo su propia narrativa, registrando el ritmo de la tierra y el andar de los hombres que pisaron ese camino antes que él. Había en su escritura el gusto por la historia y sus personajes. Quizás por eso encontró en el periodismo una manera distinta de contar el paso de la gente.

Rubén fue un periodista independiente que supo hilar una relación estrecha con la comunidad de Santa Cruz, en Bolivia, donde llegó cuando tenía 20 años. Desde ahí cubría casos policiales para periódicos como El Deber, El Nuevo Día y Extra.

También fue Secretario de Prensa y Cultura de la Asociación de Periodistas de Santa Cruz (APCS). La gente que lo conoció recuerda que Rubén buscaba siempre brindar lo mejor de sí a su familia y a los periodistas.

Ninguno de sus cuatro hijos recuerda alguna ausencia. Era casi un ninja, que lograba mantener viva la llama del calor del hogar, combinado con la adrenalina constante del oficio. Por eso el “choquito de ojos verdes“, como lo llamaba su esposa, llenó de ternura la vida de sus nietas hasta el final de sus días.

Rubén Darío fue el responsable de impulsar las bolsas solidarias para los periodistas de bajos recursos, a través de la Asociación Nacional de Periodistas. Otro proyecto que también promovió fue el de las pruebas gratuitas para descartar el covid 19 entre los periodistas de Santa Cruz. En ese proceso se contagió. Su prioridad era que sus colegas tuvieran acceso a la prueba y al tratamiento antes que él. El día que le tocaba hacerse el examen, falleció.

La precariedad del sistema de Salud en Bolivia obligó a Ayrton Méndez, su hijo, a recorrer hasta tres hospitales donde no lo recibieron, a pesar de tener un seguro de salud. Finalmente falleció en su casa, junto a él. “Como hijos hay dolor con un poco de impotencia. Hay periodistas que no le dan, tal vez, la atención que merecen“, dijo Ayrton. En ese recorrido, muy diferente al que lo llevó desde su amazonía amada hasta Santa Cruz, quedó en evidencia las contradicciones del sistema de salud en Bolivia, pero también la solidaridad y el afecto de sus amigos de la Asociación Nacional de Periodistas.

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Este perfil fue construido con los testimonios de Marco Antonio Curi, colega y amigo de la Asociación Nacional de Periodistas de Santa Cruz, y de Ayrton Méndez, hijo de Rubén Darío.

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Antonio Alvear Olea

ANTONIO ALVEAR OLEA

12 de junio de 1955 - 3 de junio de 2020
Ciudad Altamirano, Guerrero, México

Por: Ketzalli Rosas

(México, 1988)

A las 5 de la mañana Antonio Alvear ya estaba levantando, barriendo la calle, dando instrucciones. Nunca se estaba quieto. Le gustaba la vida del periodismo, porque —decía— era libre, podía andar por todos lados, preguntando. Su quehacer periodístico lo llevó a conocer a mucha gente y a viajar mucho; conocía con precisión todo el estado de Guerrero, principalmente la Tierra Caliente en la que vivió.

Antonio, uno de los 8 hijos del matrimonio formado por Doña María Dolores Olea “Lola” y Magdaleno Alvear Celis, “Leno”, nació en Santa Teresa, en el municipio de Coyuca de Catalán. Toño, como lo llamaban, siempre quiso ser piloto aviador, incluso presentó su examen de admisión en la Escuela Militar de Aviación. No fue aceptado. Así que viró el rumbo y llegó a la Ciudad de México para estudiar el bachillerato y luego la carrera en Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Trabajó para diarios como El Nacional y La Jornada.

Quienes lo conocieron como jefe de redacción dicen que tenía el don de la enseñanza, que era pulcro en la escritura y tenía mirada fina para la crónica. Decía que para poder escribir se debía encontrar el momento más cómodo, sin presiones ni tensiones; incluso llegaba en sandalias a la redacción como ejemplo de la comodidad para escribir. Él escribía diario.

A Alvear siempre le interesó la política y fue crítico sobre la realidad del país. Llegó a experimentar censura y a recibir amenazas telefónicas. Eso no lo frenó. En su afán de estar actualizado, lanzó Corto Digital en sus redes sociales para hacer crítica política.

Los últimos 20 años de su vida los dedicó a escribir columnas de opinión; la última se publicó en El Despertar del Sur el 1 de junio de 2020. También trabajó en comunicación social, campañas políticas y en la radio. Era una persona querida y conocida en su estado.

Antonio media 1.70 de altura, pesaba cerca de 90 kilos y por sus ojos verdes algunos de sus colegas lo llamaban de broma “Luz clarita”.

En los tiempos recientes compaginaba el comercio y el periodismo con el campo que tanto amaba. Cada tres días visitaba su casita a las afueras de Ciudad Altamirano para regar sus plantas, podar su árbol de limones y cuidar la milpa de maíz que tenía en el pequeño patio.

Durante la pandemia de covid-19, Antonio no salió de su casa por su quehacer periodístico, pero sí por la tortillería que administraba junto a su esposa Nidia, a quien conoció en la Ciudad de México y con quien tuvo tres hijos: Antonio, Roberto y Fátima.

La familia de Antonio no sabe cómo pudo contagiarse del virus. Cuando presentó síntomas, a mediados de mayo, le hicieron la prueba, lo llevaron al hospital y ahí les recomendaron que estuviera en casa para estar mejor atendido. Desde entonces su familia y un tanque de oxígeno no se le separaron.

El resultado positivo a covid-19 llegó tres semanas después. Antonio ya había muerto en una ambulancia en la puerta del hospital, esperando que lo atendieran. Nueve días después hubiera cumplido 65 años.

La familia de Antonio apenas pudo despedirlo. No hubo velorio y lo sepultaron el mismo 3 de junio, fecha que quedó registrada en su obituario.

El Sindicato de Redactores de la Prensa, colegas y amigos, lograron que el gobierno estatal atendiera sus demandas para mejorar las deficiencias en el Hospital Regional donde no atendieron a Antonio.

Ahora, su familia añora un futuro cercano para hacer un evento con compañeros y amigos para recordarlo y despedirlo como se merecía.

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Este perfil fue construido con los testimonios de Antonio Alvear Cuevas, hijo mayor, e Israel Flores, amigo y colega. 

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Augusto Iturburu

AUGUSTO VICENTE ITURBURU

12 de enero de 1980 - 15 de abril de 2020
Guayaquil, Ecuador

Por: Camila Barreiro

(Argentina, 1993)

En un estadio de fútbol, entre cánticos y banderas, Augusto Iturburu (40 años) se desenvolvía como pez en el agua. A principios de 2020 murió su madre y la tristeza lo había debilitado, pero el amor por su trabajo le inyectaba las energías necesarias para cumplir con sus tareas para El Telégrafo. Cuando a principios de marzo empezaban a confirmarse los primeros casos del nuevo coronavirus en Ecuador, Augusto cubrió el enfrentamiento entre Barcelona e Independiente del Valle el 4 de marzo. Allí comenzó el malestar que culminaría con su internación por covid-19.

Augusto estudió para ser maestro y ejerció con dedicación, pero se abocó al periodismo deportivo por admiración a su amigo Néstor Espinoza. Si bien era fanático del fútbol, sus historias preferidas eran las que descubrían realidades, sin importar el deporte. Por ejemplo, este pequeño reportaje sobre las niñas que boxeaban en un barrio vulnerable de Guayaquil.

Sus allegados dicen que era muy veloz con el teclado. Podía salir a comer con sus amigos y regresar a redactar una noticia en pocos minutos. “Tengo que escribir la nota principal, pero está en mi cabeza”, decía.

Su pelo zambo acompañado de facciones fuertes, piel canela y una sonrisa espectacular reflejaban su espíritu. Fiel devoto de la fe bahaí, había sido apodado “La Roca” por su firmeza. Jamás se negaba a hacer un favor y se dedicaba con talento a todo lo que emprendía, incluso en proyectos que escapaban a su zona de confort.

“Qué pena. Yo creo que podría haber servido más afuera (ayudando a la gente), pero creo que hasta aquí llego”, le dijo a su prima Katty, en el último mensaje de voz que envió desde el hospital. Tras varios días de agonía —con malos diagnósticos, medicado con penicilina y sin la atención médica necesaria— Augusto falleció por complicaciones asociadas a un covid-19 no detectado a tiempo. Las penurias continuaron: le fueron ultrajadas sus pertenencias y vaciaron la cuenta bancaria familiar.

Sus familiares y amistades aún lo lloran con el sabor amargo que deja la injusticia. Sin embargo, su recuerdo se tiñe de canciones con su bella voz y la alegría que solo él sabía irradiar.

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Este perfil fue construido con los testimonios de Néstor Espinoza, colega de El Telégrafo y amigo, y Katty Simisterra, prima.

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