Víctor Hugo Peña Black

Víctor Hugo Peña Black

4 de marzo de 1978 - 27 de marzo de 2020
Guayaquil, Ecuador

Por: Tatiana Oviedo

(Uruguay, 1997)

Víctor no concebía un mundo sin periodismo.

Aunque fue hijo de la vieja escuela del lápiz y del papel, esto no impidió que se abriera a los nuevos caminos de la profesión.

Bonachón y divertido. Así lo describen sus amigos. Un amante de la comida y con una pasión innata por los deportes. Comenzó haciendo coberturas de fútbol hasta que una nueva oportunidad tocó su puerta: hacerle paso a la radio y la televisión con la producción y coordinación de noticias en Ecuavisa, una cadena de TV de Guayaquil. Apareció el miedo y le surgieron dudas, pero a río revuelto, ganancia de pescadores, dice el dicho, y él lo sabía. Víctor debía estar al frente del cañón en todo nivel.

Era un amante de la comida. “¡Ya huele!” solía decir a modo de anticipo como quien escucha el gallo por la mañana anunciando la llegada de un lindo amanecer. No faltaba nunca una cerveza y, contrario al estereotipo “fiestero” de los costeños, sus reuniones entre amigos no las musicalizaba con salsa o merengue. Él prefería Joaquín Sabina y era moneda corriente de todas las noches la canción Y sin embargo.

Como productor no tenía la respuesta a todos los problemas, pero siempre estaba dispuesto a ofrecer ideas para solucionarlos. “Los jefes de relaciones públicas deben estar extrañándolo porque, por lo general, los coordinadores son muy parcos para tratar. Víctor no era así”, cuenta Stalin, amigo y colega de aventuras. Lideraba sin descuidar nunca a su equipo. Sin embargo, nadie estaba preparado para el caos que llegaría en marzo a Guayaquil.

La sospecha de sus amigos es que se contagió luego de que su equipo entrevistara a una persona portadora del virus.

Él no lo sabía, claro. Pero ese era su lugar, su pasión. Al frente en todo momento.

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Este perfil fue construido con los testimonios de Stalin Briones, amigo y colega, y Santiago Guachamín, concuñado y amigo.

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Roberto Román Valencia

ROBERTO ROMÁN VALENCIA

10 de febrero de 1945 - 9 de abril de 2020
Guayaquil, Ecuador

Por: Karla Crespo

(Ecuador, 1992)

En la cancha, en la cabina de radio, en el set de televisión y en su barrio Roberto Román Valencia (75 años) era conocido como el “abogado”. La persona que dejó las cortes de justicia para gritar goles.

No aprendió periodismo en las aulas. Sabía que este oficio se forja en el territorio. Decidió abandonar su carrera de abogado para dedicarse a narrar los partidos de fútbol, analizarlos, predecir posiciones y anotaciones.

“Casi siempre acertaba con su pronóstico”, dicen dos de sus siete hijos.

Iba todos los días al gimnasio. Leía mucho. Era alegre y trabajador. Piel canela, no más de un metro setenta, musculoso, con el pelo blanco. Apasionado por el periodismo deportivo, un oficio que ejerció por más de cincuenta años y que le permitió ser parte de las radios y canales de televisión con mayor sintonía de Guayaquil, la segunda ciudad más poblada de Ecuador.

Cumplió con sus dos propósitos: enseñar al público a ver fútbol y fundar un programa de televisión. Para conseguir lo primero, estudió una especialización sobre dirección técnica. Con la paciencia de un profesor y usando una pizarra analizaba de manera pedagógica y con picardía los partidos. Lo segundo lo cumplió gracias al internet, montó un canal digital llamado Fuera de Campo.

En un video se puede ver a un Roberto Román desafiante y saludable. Allí, con suéter deportivo y con anteojos de marcos gruesos le habla al coronavirus. Le dice que no le dará la oportunidad de que invada su cuerpo y, a su puro estilo, le saca una tarjeta roja. Días después fue internado en una clínica con molestias respiratorias.

Roberto falleció sin conocer que la covid-19 no respetó su mandato. El nueve de abril finalizó el juego de la vida, dejándolo todo en la cancha.

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Este perfil fue construido con los testimonios de sus hijos Paola Román y Xavier Román.

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Augusto Iturburu

AUGUSTO VICENTE ITURBURU

12 de enero de 1980 - 15 de abril de 2020
Guayaquil, Ecuador

Por: Camila Barreiro

(Argentina, 1993)

En un estadio de fútbol, entre cánticos y banderas, Augusto Iturburu (40 años) se desenvolvía como pez en el agua. A principios de 2020 murió su madre y la tristeza lo había debilitado, pero el amor por su trabajo le inyectaba las energías necesarias para cumplir con sus tareas para El Telégrafo. Cuando a principios de marzo empezaban a confirmarse los primeros casos del nuevo coronavirus en Ecuador, Augusto cubrió el enfrentamiento entre Barcelona e Independiente del Valle el 4 de marzo. Allí comenzó el malestar que culminaría con su internación por covid-19.

Augusto estudió para ser maestro y ejerció con dedicación, pero se abocó al periodismo deportivo por admiración a su amigo Néstor Espinoza. Si bien era fanático del fútbol, sus historias preferidas eran las que descubrían realidades, sin importar el deporte. Por ejemplo, este pequeño reportaje sobre las niñas que boxeaban en un barrio vulnerable de Guayaquil.

Sus allegados dicen que era muy veloz con el teclado. Podía salir a comer con sus amigos y regresar a redactar una noticia en pocos minutos. “Tengo que escribir la nota principal, pero está en mi cabeza”, decía.

Su pelo zambo acompañado de facciones fuertes, piel canela y una sonrisa espectacular reflejaban su espíritu. Fiel devoto de la fe bahaí, había sido apodado “La Roca” por su firmeza. Jamás se negaba a hacer un favor y se dedicaba con talento a todo lo que emprendía, incluso en proyectos que escapaban a su zona de confort.

“Qué pena. Yo creo que podría haber servido más afuera (ayudando a la gente), pero creo que hasta aquí llego”, le dijo a su prima Katty, en el último mensaje de voz que envió desde el hospital. Tras varios días de agonía —con malos diagnósticos, medicado con penicilina y sin la atención médica necesaria— Augusto falleció por complicaciones asociadas a un covid-19 no detectado a tiempo. Las penurias continuaron: le fueron ultrajadas sus pertenencias y vaciaron la cuenta bancaria familiar.

Sus familiares y amistades aún lo lloran con el sabor amargo que deja la injusticia. Sin embargo, su recuerdo se tiñe de canciones con su bella voz y la alegría que solo él sabía irradiar.

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Este perfil fue construido con los testimonios de Néstor Espinoza, colega de El Telégrafo y amigo, y Katty Simisterra, prima.

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